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RELATOS DE LUCRECIA

LOS AMANTES DE LUCRECIA

Con mi novio me la montaba pero a pesar de todo a él le gustaba ser un cornudo.

No sé por qué Fredy se enamoró de mí. Era bien parecido. O tal vez era obvio y yo no era consciente entonces de mi belleza. Soy alta, con un cuerpo escultural (92-60-90), cabello oscuro, ojos verdes y una cara extraña pero hermosa. Fredy fue mi primer novio formal.

Había tenidos dos anteriores: uno que durante meses, se había dedicado a besar y lamer mi cuerpo, llegando son su boca por primera a mi virginal conchita. Recuerdo su lengua grande y áspera recorriendo de arriba hacia abajo mis labios vaginales, chupando desesperado. Sus mamadas no llegaron a darme orgasmos. Tampoco su polla me despertó algún interés, ni siquiera llegué a verla o tocarla.

El segundo, sólo había llegado a lamer mis tetas.

Fredy se ocupó durante un año entero de mi placer. Amasaba y succionaba mis pechos con deleite. Su generosa boca recorría mi cuello y mi estómago terminando siempre en mi conchita. El sí que sabía chupármela. Lo hizo tan bien que se ganó el premio de mi virginidad. Después de un año de escuchar sus ruegos, mientras sentía su lengua recorrer entera mi concha con verdadera fruición mirándome con ojos suplicantes, se la di.

De todas maneras eso no cambió mucho nuestra relación. Fredy venía a mi apartamento a diario, donde yo vivía con mis padres, y se le ponía dura de solo verme. Me chupaba las tetas como podía, siempre con la adrenalina de que alguien nos descubriese, y después, venía la súplica. Quería saborear mis jugos. “Te quiero chupar la concha”, me decía con ojos afiebrados. Al principio, éramos cuidadosos, cuando estábamos por despedirnos, yo que siempre llevaba polleras para facilitarle la tarea, sólo tenía que pararme y apoyarme contra la pared y levantar la falda. Fredy se arrodillaba, me bajaba el tanga con los dientes y empezaba a hacer lo que mejor sabía. Chupármela. Su boca se prendía a mi sexo como desesperada, ávida, se tragaba mis jugos con los ojos cerrados. Yo solía levantar una pierna y apoyarla sobre el brazo del sofá para sentir su lengua penetrándome. Podía durar el tiempo que mi conciencia ante el peligro viniera a sacarme de mi placer. Cuando decidía que quería terminar, agarraba su cabeza y me frotaba fuertemente contra su boca y su lengua, que entraba y salía desesperada de mi hueco. El sabía cuando estaba cerca del orgasmo y agilizaba su lengua en mi clítoris. Cuando yo terminaba, el se levantaba del suelo feliz. Se iba con la cara gelatinosa, que yo no besaba nunca. Sé que se masturbaba después. Después, no tuvimos más precauciones. Y el eligió una manera ideal para satisfacerme mejor. Un día, después de pedirme su ración de mis flujos, se sentó en el piso y apoyó su cabeza en una silla. “Siéntate en mi cara”, suplicó. No me hice de rogar. Cabalgué sobre su cara, rodeándola con mi pollero, abrí mi blusa, dejándole ver mis hermosas tetas desde abajo mientras me chupaba como loco. ¡Galopar en su cara! ¡Tirarle de su cabellos para hundirlo más en mi conchita! Su lengua me recorría entera, profunda. A veces, le dejaba lamer también mi culo. Me movía frenéticamente, irguiendo mis tetas, acomodando mi culo o mi concha sobre su amplia boca, toda humedad, toda habilidad y su lengua inquieta. Atrás, adelante. No me importaba ni su cuello, ni su respiración. Nunca me dijo nada, igual. Cabalgué hasta terminar y el se tragó todos mis flujos. Estaba feliz. Desde entonces, por más que lo dejara penetrarme (aunque siempre sabía que yo decidía el orgasmo, sentada sobre él, mientras chupaba mis tetas), el siempre insistió con que me sentara sobre su cara, lo cabalgara mostrándole mis tetas (que acariciaba mientras miraba embobado desde abajo) y tirara de su pelo para sentir su lengua cada vez más adentro. Incluso cuando menstruaba, se desesperaba por chuparme. Después nos casamos, y las cosas siguieron igual, salvo que además de tener un mamador a toda hora, también tuve un cornudo consentido.

Mi primer amante se llamó Carlos. Era grandote y feo, pero sabía saborearme y también cogerme. Lo llevé a mi casa y lo hicimos en mi cama. Me hizo gozar, me chupó el culo como poseído pero no lo consiguió. Cuando estábamos vistiéndonos llego el pobre de Fredy. Al menos, yo había alcanzado a secarme los restos de flujos con papel. Le dije a Carlos que se escondiera tras el vestidor, mientras miraba. Llamé a Fredy. Cuando me vio desnuda, solo con las medias y el liguero, se sorprendió. Se acerco y me abrazó. Después empezó a olerme las tetas, la concha, los muslos. Debió sentir el olor a macho. Me miró con los ojos llenos de lágrimas. Yo me encogí de hombros y fui hasta la cama. Abierta de piernas, lo llamé. “Ven tontito”, le dije. Fredy caminó de rodillas (como había quedado después de olerme los muslos) hasta la cama, subió y se acostó a mi lado. “Ven, por favor, siéntate en mi cara. Quiero sentir tus gritos de placer”, me dijo. Sin más, me subí a mi lengua preferida, y empecé a cabalgarla, tratando de tenerla siempre bien adentro, y bien movediza, mientras miraba de reojo al vestidor donde Carlos seguramente debía estar disfrutando el espectáculo. Me movía como loca, mientras Fredy me acariciaba con las dos manos las tetas. Su boca era tan deliciosa. Esa manera de chupar, tan íntima, tan comprometida. Y yo que sabía como moverme sobre esa cara para alcanzar el orgasmo. ¡Esa nariz en mi clítoris! ¡Esa lengüita ávida de mi ano! Cuando finalmente estallé pero sin gritos, solo para castigarlo, me levanté y le pedí que se fuera. Salió de la habitación, confundido, cerré con llave y liberé a Carlos. Salió riendo, me tomo entre sus brazos, y empezó a metérmela levantándome en el aire. Después me puso en cuatro y me toqueteaba el clítoris. Me daba duro y cuando vino el orgasmo, grité. Y como... Fredy golpeo la puerta para saber si estaba bien. Le abrió Carlos. Nos miró atónito. Yo le expliqué que Carlos era mi amante, y que él era mi marido. Fredy salió y cerró la puerta. Le pedí a Carlos que se fuera. Ya nos veríamos más tarde.

Salió, no se cruzó con Fredy y yo me fui a duchar. Cuando salí, estaba Fredy esperándome con la toalla abierta. Me arropó y me secó cuidadosamente desde los pies hasta la cabeza, pidiéndome ponerme en cuatro patas para limpiarme el culo bien adentro con la lengua. Después me llevó al comedor, donde había preparado una cena especial. Abrió un champagne, me dio una copa, y yo prendí un cigarrillo. Fredy se acercó a mí, y abrió mi bata, mirando mi cuerpo como idiota. Yo quise preguntar algo y el me dijo: “Vos fuma, y toma”; mientras se abocaba otra vez con su lengua en mi concha. Yo no podía hacer tantas cosas a la vez, así que le dije que no, que no quería. Me vestí (me puse un vestido que a él lo calentaba mucho, negro, al cuerpo, con escote y sin espaldas, sandalias de taco alto y pulsera) y le dije que salía, que no me esperara a cenar. Después, fui perdiendo el interés por él y lo abandoné, no sin antes, hacerlo cornudo varias veces con su conocimiento. Eso no cambió sino que acrecentó su adoración hacia mi concha. Era realmente insoportable. Todo el tiempo ahí, ¡rogándome que me sentara en su cara! Después vinieron muchos otros, pero en definitiva, todos fueron más o menos, como Fredy, es decir, mis esclavos.

Autor: Lucrecia

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